Es muy probable que en la mayoría de salas españolas donde se proyecte Moneyball nadie tenga ni la más remota idea de béisbol, pero eso es lo de menos. ¿Por qué? Muy sencillo, porque esta historia, contextualizada en un ambiente deportivo, no es una típica película de deportes. Moneyball va un poco más allá. Sin engañar a nadie, se adentra en el modo de vida de un hombre, un mánager de un equipo modesto y humilde, con muy poco presupuesto y su curioso ayudante. Hablamos de Billy Beane y Peter Brand.
Beane (Brad Pitt) quiere dar un paso más en el mundo del deporte, quiere encontrar una ecuación perfecta cuyo resultado sea ni más ni menos que la victoria, para ello contará con la inestimable ayuda de Brand (Jonah Hill). La extraña pareja que forman Pitt y Hill tiene encanto, me refiero a que encajan bien, el prototipo absoluto de guaperas combinado con el intelectual gordito, no deja de ser un dúo repetido, pero no se nutre a base de los tópicos de parejas del cine, sobre todo en los roles que desempeñan. Todos sabemos quién es el guapo y quién no, pero esa sensación no se genera en ningún momento. Porque se establece entre ellos un vínculo que va más allá de lo profesional (de los actores) llegando a la cuasi perfecta simbiosis profesional (de los personajes). El puntito cómico que aporta Hill, bien mimetizado con la sonrisa irónica de Pitt, la timidez de uno y la extroversión del otro... A pesar de ser lugares comunes de este tipo de dúos, no caen en los estándares, ambos dicen más, sobre sí mismos y sobre cómo se entienden, muy a pesar de Billy Beane, que generalmente reniega de entablar una relación más allá de lo profesional con nadie. La interpretación de Pitt, como siempre extraordinaria (una vez escuche decir a alguien que Brad Pitt actúa bien hasta de espaldas, no se equivocaba). Mención al toque de Seymour Hoffman, está muy bien, ese entrenador que se cree más de lo que es, pero que en realidad no es mala gente.
Aaron Sorkin nos brinda una historia que encaja en los estándares de películas deportivas, pero también funciona como drama humano. Un hombre con ciertos errores en el pasado, una nube negra que atormenta no sólo cada decisión que toma, si no el día a día de un individuo que pudo ser y no fue. Una vida en soledad, sólo perturbada por la entrañable aparición en escena de Kerris Dorsey, la hija que todo padre quiere tener. Con 12 años es más consciente del malestar de su padre, que él mismo. Y a pesar de no resultar del todo encantadora, nos cautiva con su buen dominio en la faceta musical.
Diría que Bennet Miller es aficionado al béisbol, y me explico por qué. Sabe dar ese dramatismo a las escenas de los partidos, hace que los aficionados al béisbol queden cautivados, pero sobre todo consigue que los que no tenemos ni idea, no nos perdamos en ningún momento. Incluso puedo decir, sin miedo a equivocarme, que hoy sé más de béisbol que ayer. Uno de los logros del tándem Sorkin-Miller, ha sido saber llevarnos bien cuando más se inmiscuyen en los entresijos de papeleo y scouting, dónde podemos encontrar todo tipo de repertorio de ojeadores veteranos, algo así como un consejo de sabios, sabios del béisbol. Pero lo importante es que no nos perdemos cuando hablan de posiciones sobre el campo, de estadísticas exclusivas del propio deporte, de equipos, de traspasos… Aunque no entendamos lo que dicen, lo comprendemos.
Así han conseguido que todo ligue a gusto de muchos. Combinando las situaciones deportivas y la imagen mas intimista de Billy Beane. Un viaje introspectivo de un manager, de un padre, pero sobre todo de un individuo más, con sus manías y sus reproches, pero uno más.



