Libros, Películas y Estrenos de cine

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miércoles 18 de enero de 2012

¡Más madera!: The yellow sea (Na Hong-jin, 2010)

Sin descanso, sin piedad y a cuchillo
Por Sara MM. Landrobe

Salvo alguna excepción, los conductores de taxi lo llevan crudo en el cine. No hace falta ir buscando bronca como Travis Bicle en Taxi Driver (1976) para codearse con lo más turbio de la ciudad, el que conduzca puede ser un santo como el de Collateral (2004) y se le acabará subiendo un sicario canoso que no le dará más que disgustos. En The yellow sea llevar a todo tipo de fauna de un sitio a otro puede que sea el menor de los problemas del protagonista, pero de nuevo es el traje de un pobre hombre que se relaciona con lo más bajo de la sociedad y que se acaba transformando en un animal rabioso de esos que se vuelven más fuertes cuantos más palos le pegan. Na Hong-jin construye este thriller sobre el punto crudo del «made in Corea», hábil mezclando bajo el mismo entramado de mafia y corrupción el existencialismo humano con el realismo más primitivo. Buena combinación salvo para quienes no puedan con las sobredosis de tomate.

Bajo el clásico «nada que perder y mucho que ganar» un taxista llamado Gu-nam endeudado, abandonado por su mujer y sin más horizontes que el juego y la bebida, acepta el encargo de un asesinato para saldar sus deudas. Como una sombra entre la multitud y azuzado por el instinto de supervivencia no faltan alrededor de éste la extorsión, las duras travesías de emigrantes ilegales o la miseria que le rodea una vez llega a Corea, dónde, como un furtivo, espía a su presa y anda perdido a su suerte. Este entorno es necesario, pero The yellow sea no es cine social aunque se dibuje cierta denuncia. Na Hong-jin usa toda esa hostilidad como un sustrato donde hacer crecer a su protagonista y retratar sus fantasmas.

La trama toma los esenciales del cine negro y policial: codicia, mafia, extorsión, falsos culpables, traiciones y por supuesto, el giro inesperado y el héroe atormentado que buscará venganza. Lo que le da identidad a la película es la sobriedad y la rudeza con la que avanza a cada paso, pasos que pisan con tanta fuerza sobre el héroe que éste se gana a pulso lo de «bicho malo nunca muere». Esta forma tan fulminante de construir la historia da lugar a una primera parte redonda que sin separarse del protagonista mantiene la expectación a cada minuto, pero que tropieza de lleno en la segunda con demasiados minutos de «todos a por todos», «todos a por Gu-nam» y todos a cuchillazo limpio. Cierto es que las persecuciones son de las que hacen afición y que el director demuestra que sabe lo que hace con un montaje vertiginoso que nada tiene que envidiar a lo mejor de Hollywood, como también lo sabe cuando convierte cuchillos y hachas en el material de trabajo del hampa asiático, dándole el toque áspero que termina de moldear la cinta. Pero abusar de unos y otros hace que pierda algo de fuelle en un intento inexplicable de llegar a las dos horas. Inexplicable porque el guión no necesita de un exceso de carreras y sangre para rellenar minutos, ni del añadido de una subtrama policial que hubiera mejorado la película con el simple detalle de no aparecer.

Puede que el director sea demasiado generoso con la amalgama final de salpicones y hostigamientos -tanto que en algún momento la inmortalidad de los protagonistas se postula como opción-, sin embargo, son flecos que una vez superados por la sonrisa incrédula se convierten en una anécdota que no desmerece el conjunto de la película. El pulso de ésta se mantiene con fuerza y entrelaza de manera brillante la historia principal con un (des)amor que consume al héroe obsesivamente. Eso sí, el cineasta coreano es consecuente con su tono hasta el final, y si Na Hong-jin ha decidido ser sobrio y abrumador, lo es hasta el último fotograma.