Un viaje al despertar
Por M.Mar Osorio
Pero Baader no pone más que la chispa a toda la pólvora que los protagonistas van acumulando a lo largo del film, pues cada paso que dan en su afán de cambiar el mundo aleja más a Gudrum y a Bernward, les destruye. En Si no nosotros, quién, los personajes no sólo tienen un conflicto, son un conflicto en sí mismos. Esa necesidad de hacer algo contra el aturdimiento de la sociedad y la decisión de empezar una vida fuera del círculo familiar son el inicio del despertar de los protagonistas, que caerán irrevocablemente al vacío por una lanzadera de sentimientos encontrados. El director Andres Veiel les conduce por una senda de anhelos y esperanzas que se ven truncados por el acto suicida de seguir adelante con su causa sin desatarse primero de un pasado que les oprime, que les ahoga y les lleva hasta la pretensión ilusa de querer cambiar el futuro cuando ya se ha renunciado a él.
Es esta una película de transformaciones, más personales que sociales. Por ello, las idas y venidas de los personajes son el punto central mientras que las imágenes de la época se mantienen de fondo, como la banda sonora que lo contextualiza y lo unifica todo. Igual que las fuerzas autodestructivas que mueven a los personajes, el montaje se presenta como el otro elemento indiscutible para enriquecer el film, ya que el espectador recorre estos 124 minutos sin cabecear o llegar al tedio. Ensambladas de una manera muy sutil, esas imágenes en blanco y negro mantienen el ritmo y hacen que la trama de Gudrum y Vespel fluya.
Todo es un conjunto, no hay nada que desentone de manera abrumadora. Quizá parezca que hay demasiados personajes que “entran y salen” de la historia sin llamar la atención y, sin embargo, lejos de hacer flaquear la trama, esto la hace más verosímil: como en la vida, las personas van y vienen, y no todas se quedan, si bien en un principio parecen insustituibles.
Andres Veiel nos lleva de viaje por la Alemania de los 60, pero no a modo de documento gráfico, sino de la mano de Bernward Vespel, el joven universitario que esperaba que sus escritos cambiasen el mundo. Tal vez fuese un idealista, tal vez. Lo cierto es que al redactar su libro titulado El Viaje plasmó la trasformación que estaba sufriendo en su interior; así pudo aceptar a su padre y reconciliarse con su pasado. Un título, por tanto, lo suficientemente represetativo para que haya merecido la pena trasladar a Vespel y Gudrum a las salas cinematográficas. Porque la vida es un viaje – por tierra, por mar y por aire – que no necesita billetes, estaciones ni puertos. Sólo requiere la certeza de que por más países que visites, al igual que el libro de Bernward, el viaje es un texto inconcluso.

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